Una historia real

Hola, Soy Angela

En 2024 mi vida cambió con un diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda.

Pero esta historia no empieza ahí

Empieza antes, en los silencios del cuerpo, en las preguntas, en el miedo, y en una fuerza que todavía no sabia que tenia

Esta es mi historia

Colombiana

28 años

Paciente, sobreviviente y narradora de un proceso

A veces la vida te quiebra solo para reconstruirte con más luz

CAPÍTULO I

capitulo i antes de todo

Antes de que todo cambiara

Antes del cáncer llevaba una vida que muchos llamarían normal. Me gustaba cuidarme, hacer ejercicio, alimentarme de forma saludable y estaba enfocada en mis estudios de posgrado.

Siempre me he considerado una persona empática, cercana y muy movida por las causas sociales. Me gusta escuchar, acompañar y estar para los demás.

Nunca imaginé que un día sería yo quien necesitaría reunir tanta fortaleza para atravesar un proceso como este.

El cuerpo siempre habla, incluso cuando no queremos escuchar. Y cuando algo no está bien, encuentra la forma de hacerse sentir.

CAPÍTULO II

CAPITULO II PRIMERAS SEÑALES

Cuando el cuerpo empieza a hablar

Con el tiempo mi cuerpo empezó a enviar señales. Al principio eran pequeñas cosas: cansancio constante, sudoraciones nocturnas, dolores que parecían pasajeros. Síntomas que uno aprende a justificar con el estrés o el ritmo de la vida.

Pero el cuerpo tiene una forma muy sabia de hablar, y cuando algo no está bien, tarde o temprano insiste.

Durante varios meses intenté seguir con mi rutina normal. Consulté médicos, escuché diagnósticos que hablaban de estrés o agotamiento, pero nada parecía explicar realmente lo que estaba pasando.

Hasta que un examen sencillo: un cuadro hemático, cambió todo.

Hay palabras que no solo se escuchan, se sienten. Y desde ese momento, todo cambia.

CAPÍTULO III

capitulo iii el impacto

El momento que lo transformó todo

Recuerdo con claridad el momento en que me dijeron que algo no estaba bien en mis resultados. Fui a urgencias pensando que quizá se trataba de una anemia fuerte. Nunca imaginé lo que estaba por escuchar.

Estaba sola en una camilla cuando un médico mencionó por primera vez la palabra leucemia.

Hay momentos en la vida en los que todo parece detenerse. Ese fue uno de ellos.

Días después el diagnóstico se confirmó: leucemia linfoblástica aguda.

El miedo estuvo ahí, pero no fue quien tomó las decisiones. Dentro de mí apareció una fuerza que no sabía que tenía.

CAPÍTULO IV

capitulo iv elegir seguir

Una fuerza que no sabía que tenía

Cuando recibí la noticia, abracé mi camándula y empecé a orar. Sentí miedo, claro. Sería mentira decir lo contrario. Pero también sentí algo más fuerte que el miedo: una fe profunda y unas ganas enormes de vivir.

En ese momento entendí que iba a necesitar algo más que tratamientos y medicamentos. Iba a necesitar amor, paciencia, fe y una enorme voluntad de seguir adelante.

Hablé con mi cuerpo. Le pedí que me sostuviera. Respiré profundo y decidí confiar en el proceso. Porque dentro de mí había una certeza muy clara: aún tenía muchas cosas por vivir.

Graduarme, viajar, construir una familia, cumplir sueños y seguir creciendo.

El amor sostiene más de lo que creemos. A veces no es la fuerza la que nos mantiene, es el amor de quienes están a nuestro lado.

CAPÍTULO V

capitulo v sostén del amor

Lo que esta historia significa hoy

Ese diagnóstico marcó el inicio de uno de los procesos más difíciles de mi vida, pero también de uno de los más transformadores.

Hoy miro hacia atrás y veo todo lo que ese camino me enseñó sobre la vida, la fe, el amor, la familia y la fortaleza que habita en nosotros incluso cuando creemos que no podemos más.

Este espacio nace de esa historia.
De lo que viví.
De lo que aprendí.
Y de todo lo que aún queda por vivir.

Si llegaste hasta aquí, gracias por estar.

Hablar con mi cuerpo

Aprendí, despacio, a dejar de pelear contra él.

A poner una mano sobre el pecho y simplemente escuchar.

A pedirle perdón por todos los años en los que lo exigí sin agradecerle.

Descubrí que el cuerpo no es una máquina que falla: es un lenguaje. Cada síntoma, cada cansancio, cada lágrima inesperada, era una palabra que yo no había aprendido a leer.

Empecé a entender que sanar no era solo tomar medicamentos. Era también respirar más profundo, llorar cuando falta, descansar sin culpa, hablarme con dulzura.

Cuerpo, mente y espíritu dejaron de ser tres cosas separadas. Eran, finalmente, un mismo hogar.

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